“Era en extremo comprensiva. Tenía un inmenso encanto. Era una persona despojada de todo egoísmo. Manejaba como nadie el difícil arte de la vida familiar. Se sacrificaba. Si había pollo, el cuello se lo comía ella, y si había corriente de aire, se aguantaba. Dicho de otro modo: estaba hecha de tal pasta que no expresaba jamás una opinión o deseos personales, sino prefería seguir las opiniones o los deseos de los demás.
Pero, sobre todo -¿es necesario decirlo?-, era una mujer pura. Su pureza era considerada como su mayor hermosura y el enrojecer era su mayor encanto.”
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